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| 1910- 2010: El Bicentenario en el espejo de la historia |
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No obstante, existe la idea de cierta historiografía (y de un considerable sector de la sociedad) de que 1910, momento del primer Centenario, marcó el punto de máximo desarrollo del país. Un tiempo libre de conflictos y de partisanos que permitió plasmar en toda su expresión el proyecto de la ilustre generación del ´80. La Belle Epoque, los años dorados de un tiempo pretérito que hoy, a la distancia, se nos vuelve borroso e inasible. El mito de la Gran Nación es, sin embargo, un relato un tanto simplista. Obtura, por de pronto, la idea de conflicto inherente a los procesos políticos. El primer Centenario fue un festejo para pocos. Fue la celebración de los vencedores, de los señores de la tierra y de la elite porteña. Allí estaba la ciudad-puerto para ser mostrada al mundo, a la Infanta Isabel (hermana del rey de España) que había llegado para engalanar la fiesta. Allí estaba, también, el Teatro Colón, símbolo de opulencia y de cultura. Una vez que se quita el velo de esta imagen idílica del granero del mundo que añora la grandeza perdida encontramos múltiples elementos que complejizan la cuestión. 1910 señala la fecha del temor de la elite dirigente hacia los inmigrantes, la chusma ultramarina. La famosa frase de Alberdi “gobernar es poblar” fue seguida al pie de la letra por la generación del `80. Sin embargo, quienes arribaron a estas tierras no fueron dóciles trabajadores, sino personas que trajeron consigo ideologías como el anarquismo y el socialismo. De ahí los discursos xenófobos de memorables personajes como Lugones y Miguel Cané (recuérdese el libro Juvenilia) que caracterizan con notable precisión la preocupación y el temor que los inmigrantes suscitaban en la elite dirigente. En este marco, no resulta extraño que las jornadas del Centenario fueran celebradas bajo Estado de sitio (unos años antes, en 1902, se había decretado la ley de Residencia, por la cual se podía expulsar a los extranjeros sin juicio previo). Este es un dato riquísimo que suele ser soslayado; 1910 se celebró entre las bombas de los anarquistas y la represión del Estado y la Liga Patriótica. En definitiva, el Centenario se festeja bajo un Estado-Nación muy fuerte pero poco legitimado. En el esquema de la generación del `80, que seguía la fórmula alberdiana (tal la definición de Natalio Botana en su libro El Orden Conservador), los derechos civiles eran generalizados, pero la libertad política, restringida. El acceso y participación en el gobierno se circunscribía a una pequeña elite; los criollos e inmigrantes no designaban ni controlaban a los gobernantes. La preservación de instituciones políticas restrictivas y conservadoras frente a una sociedad crecientemente dinamizada y complejizada era una contradicción que recién se superaría en 1912, con la ley Saenz Peña y la democratización del sistema político. La antinomia que ocupa la escena durante los festejos del Centenario, entre el ser nacional y lo extranjero, no hace más que recrear las tensiones que estuvieron (y están) en la base de la formación del Estado-Nación. La argentina es una historia plagada de antagonismos; federales- unitarios, Buenos Aires- Interior, lo nacional y lo foráneo. Luego vendrían otras formas de nombrar el conflicto; peronismo- antiperonismo, “subversión”- “orden”. Huellas de un pasado que, irredento, no deja de interpelarnos en el presente. Exaltar la aparente prosperidad del primer Centenario no es en absoluto un acto inocente, sino que implica, ante todo, una verdadera definición política. Quienes añoran aquellos años defienden un sistema basado en el fraude, la represión y la ausencia absoluta de derechos laborales. Están infiriendo, veladamente, que el voto democrático ha sido una de las claves por las cuales el país abandonó la senda del “progreso”. En este Segundo Centenario los conflictos al interior de la sociedad no parecen zanjados. Un mismo momento histórico-político como 1910 puede proyectar múltiples interpretaciones; mirarse en el espejo de aquellos años es un ejercicio útil para enfrentar los desafíos del presente. En este sentido, es imperioso indagar qué antinomias subyacen en nuestros tiempos, no para superarlas pero sí, aunque sea, para posibilitar que esos conflictos se desarrollen dentro de instituciones democráticas que los puedan canalizar pacíficamente. |