Escrito por Juan Manuel Fontán    Lunes, 31 de Mayo de 2010 14:57   
Ricardo Forster: "La Argentina de 1910 era un Estado excluyente"
Ricardo ForsterEl filósofo recibido en la Universidad Nacional de Córdoba, investigador en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, miembro de Carta Abierta y columnista en Página/12 y Veintitrés intenta soslayar un justo y necesario análisis de la realidad política y social argentina a partir de los actuales paradigmas mediáticos y de la coyuntura internacional. Califica a la historia argentina como “la historia de sueños no realizados” y apuesta por dar una batalla de ideas que recupere la conciencia política que, según él, fue erradicada por el modelo neoliberal de la década del noventa.

-Haciendo referencia al artículo que publicó usted en Página/12 el miércoles 28 de abril, “Los relatos del miedo y la crispación”, es interesante cómo se refiere en varios momentos a las imágenes o los términos que se usan para referirse, en algunos medios opositores, al gobierno de Cristina Fernández y al ex presidente Néstor Kirchner. Otra vez se plantea el dilema sobre los medios y la información, y se nota que muchos se oponen más que a las medidas del gobierno, a las formas y a los métodos. En el caso de la ley de Medios, ¿habría otra manera más amigable de encarar esas medidas?

-Lo que se ha buscado en estas últimas décadas es neutralizar la dimensión política, reducirla a lenguaje administrativo, es vaciar el núcleo de la desigualdad para generar las condiciones de una suerte de consensualismo vacío, que es el que ha dominado la práctica y el sentido común hasta tal punto que cualquier posición que busque afirmar convicciones o señalar un proyecto de país  y que marque las diferencias, las controversias y los antagonismos inmediatamente es proyectado como si fuera portador de violencia, generador de crispación. No estoy en absoluto de acuerdo con eso, incluso creo que el conflicto que se ha desatado alrededor de la 125 fue extraordinariamente importante porque reabrió la posibilidad de refundar participación política, de mostrar que en la Argentina no somos todos amigos, que no hay una mesa común en la que podemos almorzar y distribuirnos los bienes sin inconvenientes, que apropiarse de una renta extraordinaria significa tocar intereses, que mejorar la participación de los asalariados en la distribución de PBI implica torcer el dominio abrumador de los últimos cincuenta años de las grandes corporaciones económicas, que ir hacia una lógica más igualitarista implica tocar intereses muy poderosos.

-¿Cree que hay un uso indiscriminado de palabras, a tal punto de hacerlas perder su valor?

- Si yo te digo, por ejemplo, “oligarquía”,  lanzándola al ruedo, seguramente voy a estar diciendo algo que no resuena a los oídos de gran parte de esta sociedad del modo como podía hacerlo cuarenta o cincuenta años atrás. Hay que percibir qué está diciendo cierta palabra en un determinado contexto. En el artículo, yo lo que mostraba era que se estaba produciendo una brutalización en la apropiación de ciertas palabras que, utilizadas de forma prostibularia por ciertos políticos o por ciertos medios de comunicación, producían un doble efecto: por un lado, una devastación de la memoria de las víctimas reales, porque si un gobierno democrático es equivalente a un gobierno exterminador, a una dictadura, quiere decir que, o esa dictadura en realidad no fue lo que se decía que era o este gobierno democrático tiene en los sótanos del poder máquinas de arrasar y de matar equivalente al Auschwitz hitleriano o a la ESMA videlista, con lo que estamos frente a la impudicia. Hay que salir a denunciar que la revista Noticias saque una tapa con el cuerpo de Hitler y el rostro de Kirchner y un título de “Fachoprogresismo”.

-Usted dijo que “nos estamos dando cuenta de que no somos todos amigos". ¿Cómo se relaciona el “no somos todos amigos” con el festejo unido del bicentenario?

-La  historia de la Argentina es la historia de sueños no realizados. Lo que muestran doscientos años de historia argentina es que la querella, el litigio, el conflicto, sigue estando instalado como desde el primer día: el litigio por la emancipación, por la igualdad, por la construcción de una sociedad que logre distribuir mejor su riqueza socialmente producida. Por lo tanto, podemos jugar en espejo, ¿Qué fue el primer centenario? ¿Qué es este centenario? ¿Por qué ciertos retóricos del virtuosismo republicano hoy hablan de ese paraíso maravilloso perdido que quedaba en la Argentina de 1910 y no dicen que esa Argentina era una Argentina para pocos, un Estado excluyente, un modelo económico agroexportador que era funcional a la distribución internacional del trabajo pero que iba en detrimento de la integración y la distribución más equitativa de la riqueza, que había estado de sitio, que había represión, que había protestas callejeras, que muchos de los que llegaron a este país con la promesa de ser recibidos en tanto eran hombres y mujeres de buena voluntad se encontraron con la miseria y las tierras que les prometieron no estaban en ningún lugar y que la acumulación en pocas manos de gran parte de la tierra y de la renta era lo propio de la práctica de ese primer centenario? También hay que decir que en ese primer centenario se creó la posibilidad de la educación pública, universal y gratuita, con lo que tiene claroscuros. Es interesante que el bicentenario haya caído ahora y no en la década del ’90, porque la relación con el pasado seguramente hubiera sido relatada de otro modo, porque cada momento histórico relee la historia en función de sus propias vicisitudes.  Estamos en un momento extraordinario. No sólo en la Argentina sino en gran parte de América latina que resignifica toda la historia, resignifica el pasado.

-Usted plantea que es histórico el momento en América latina, ¿por qué pierde entonces Bachelet, por ejemplo, en Chile?

-Chile es el país de Sudamérica que tiene índices de mayor desigualdad entre ricos y pobres. Todo eso termina por volver poco creíble un discurso que se ofrece como progresista ante las formas de la derecha neo-pinochetista. Me parece que ahí hay un desgaste propio que plantea el límite del proyecto de la concertación de Chile. Tiene que ver también con el límite del modelo social democrático consensualista que fue, en los ’80-‘90 en Europa, funcional al despliegue y la materialización del neoliberalismo. En Chile operó una lógica equivalente. Eso no significa que dentro de la concertación y dentro de la experiencia chilena no hubiera habido sectores que tuvieran que ver con esa tradición de la izquierda y que, de todas maneras, hubiera sido preferible que no ganase Piñera, que era la derecha pinochetista. Pero a veces los procesos políticos requieren de ciertas derrotas para que lo mejor de esas tradiciones puedan volver a manifestarse públicamente sin seguir de vuelta, una y otra vez, confundiendo y generando una pregunta. Pero, ¿cuál es la diferencia entre la concertación y Piñera? ¿Cuál es la diferencia entra alguien que se reclama de izquierda y un modelo neoliberal? Yo creo que, en un punto, en Chile todo eso se diluyó.

-¿Coincide con Ignacio Ramonet en que la social-democracia fracasó en Europa?

-A partir de los ochenta y claramente después del derrumbe del muro de Berlín y de la desaparición del modelo soviético, la social-democracia también pagó un precio muy alto porque antes jugaba en el medio, entre el modelo norteamericano liberal-capitalista y el modelo soviético. Al caerse el lado del socialismo estalinista o la experiencia soviética que ya estaba desmadrada en las últimas décadas, la socialdemocracia queda también como vacía de recursos y termina plegándose a lo que parecía un movimiento expansivo inexorable del capitalismo bajo su fase neoliberal y hoy la socialdemocracia está en una situación de desagregación, de crisis, girando muy hacia la derecha para no perder electorado, abandonando en gran medida sus viejas tradiciones bienestaristas. El caso inglés es el más arquetípico: Tony Blair es claramente un dirigente político de la derecha inglesa, ni siquiera puede ser identificado como alguien que representa la tradición del laborismo inglés. Ya no es ni el ala izquierda del capitalismo.

-Pasa aquí con Solanas, por ejemplo, ¿no?

-La frase “funcional a la derecha” a mí mucho no me gusta pero, hoy con Solanas, casi es posible utilizarla

-En una entrevista que le hizo un periodista de este medio a Aníbal Fernández en diciembre de 2009, se le planteó al jefe de ministros lo que analizaba Tocqueville: “El nuevo régimen no sólo se construye sobre el viejo régimen sino con el viejo régimen”. Él coincidía con eso.


Ante el acercamiento del término gatopardismo para encuadrar las ideas de esta declaración, el filósofo reflexiona: “Están aquellos que dicen que ‘si no hacemos la revolución si no hacemos el salto del tigre a la nueva sociedad, todo lo que esté planteado es gatopardismo o peor’, pero la realidad es que luego de pasar por la Argentina de 2001 y el daño que dejó, antes la dictadura, el fraude de Malvinas, la desilusión de la expectativa alfonsinista y luego el daño brutal del menemismo, sabemos que hay que recuperar el espacio en el mundo de la economía, el mapa productivo, el mundo del trabajo, recuperar sindicatos y cambiar muy profundamente la percepción que la mayoría de los argentinos tienen de sí mismos. Todo eso nos coloca en una escena complicada que hace que no podamos imaginar que estemos en un momento en el que es posible transformar la realidad, tocar todos los intereses y apropiarse de las rentas. Después están aquellos que corriendo por izquierda dicen ‘pero no tocan la renta minera, pero no tocan la renta financiera’. Esa es la lógica que diría el grupo de Pino Solanas y Lozano sin posturas.

-En ese sentido, ¿qué cree que hicieron los últimos dos gobiernos al respecto?

-Creo que el primer gobierno, de Néstor Kirchner, y claramente y con mayor fuerza todavía el gobierno de Cristina Fernández, ha tocado zonas neurálgicas del poder y de la conflictividad argentina. Han desatado nudos, y eso genera una situación de complejidad justamente porque era un país que estaba acostumbrada a la Argentina del poder y de las corporaciones. El conflicto de la 125 volvió a poner sobre la escena argentina ese gesto destituyente de que hablamos  en la primera tan famosa carta (NdeR: se refiere al primer documento del espacio Carta Abierta). Creo que se han hecho muchas cosas contra el sentido común. Yo diría que hay una parte inmensa de la sociedad argentina que mira el acercamiento de los Kirchner a la bandera de los derechos humanos con distancia o incluso dicen “déjense de joder”, y sin embargo ahí se construyó algo extraordinariamente significativo. Entonces, yo diría que se hicieron algunas cosas muy importantes, que faltan muchísimas, algunas cosas se hicieron mal, hay que revisarlas, sobre todo hay que avanzar sobre la creación de un soporte político social que pueda ir más allá de las formas tradicionales de organización política que giran en torno al PJ, que es fundamental la apertura política, la reconstrucción bajo nuevas condiciones de una forma que a mí no me gusta como concepto que es la transversalidad, pero que si tiene que ver con la idea de nuclear a fuerzas sociales, políticas, culturales, que representan a un campo popular, democrático, de tradiciones emancipatorias, nacionales, progresistas, etcétera.

-¿Qué gobierno le convence o le convenció más, el de Cristina Fernández o el de Néstor Kirchner?

-Es difícil comprar al gobierno de Néstor con el gobierno de Cristina. Me parece que son parte de una trama del interior de un proyecto compartido. Kirchner rehabilitó lo que no esperábamos, fue inesperado. De ahí que uso la palabra “anomalía”, “excepcionalidad” y “un tiempo loco de la historia argentina”. Néstor Kirchner tuvo momento difíciles como él llamaba a esa etapa “la salida del infierno” pero las propias condiciones del infierno lo protegieron del movimiento de las corporaciones para limitar y controlar, porque también necesitaban que la sociedad argentina encontrase una estabilización y así y todo me parece que Kirchner fijó una cierta posición, abrió claramente un perfil con algunas medidas muy importantes, tanto locales como internacionales. Pero creo que Cristina Fernández se enfrentó claramente a la ruptura del mínimo pacto que podía haber con las corporaciones durante el primer período de Néstor Kirchner. Al romperse ese pacto y al romperse, fundamentalmente, con la corporación mediática y con la corporación agraria y al quedar debilitada, incluso, con la corporación de los grandes grupos económicos industriales, el gobierno tuvo que salir a demostrar que estaba en condiciones de ser consecuente con sus proyectos. En ese sentido, Cristina lo hizo de una manera muy fuerte y creo que fue enormemente meritorio. Creo que son dos figuras insustituibles en el proceso de construcción de una alternativa popular en Argentina.  

A la hora de contestar si se define o no como kirchnerista, Forster dice entender que “todavía falta para que se pueda hablar efectivamente de kirchnerismo” y que algo con ese nombre debería, para efectivamente existir, “lograr que el pueblo se sienta metido dentro de un proyecto que ha ampliado sus bases de sustentación y que ha profundizado claramente el ‘hacia dónde’”. Dicho esto, repiensa y confiesa: “Frente al lenguaje soez de las corporaciones y el cualunquismo argentino, me puedo definir sin problemas como kirchnerista”.

 
Autor de la nota: Juan Manuel Fontán

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